No era como otros días la sensación que alimentaba mi alma, transbordaba de estación a otra pensando en el sueño aquél y en las noticias de aquellos caballos ahogados al norte de la ciudad. Ahora en el tren, camino al departamento que es mi hogar, de mis audífonos escuchaba murmullos cercanos de ópera alemana y la sutileza de unos pasos que poco a poco se convertían en cascos furiosos contra un suelo de concreto. En ese momento un hombre con varias copas encima se sentó frente a mí, perdido en su embriagues murmuraba cosas que no distinguía entre los acordes de la melodía que sonaba en mi cabeza.
Ese día me sumergía más que nunca en mis pensamientos, además tenía menos de una semana para crear un concepto nuevo para un programa de televisión, donde los caballos, siempre los caballos, serían las estrellas. Pensé que mis problemas no eran ni la mitad de agobiantes que los del hombre aquel, que con su mirada furiosa no dejaba de reclamar el hecho de que lo ignorara. Sentí lástima, pero también sentí pavor, debo reconocerlo, por suerte la estación donde debía bajar era la siguiente.
Fue cuando realmente entendí la soberbia que me había poseído tiempo atrás, ¿quién era yo para creer que podía cambiar la historia?, ¿quién demonios me creía para pensar que los caballos me habían mandado un mensaje que nadie más deseaba escuchar?. Y ¿qué tal si esa posición mesiánica no me salía de la parte más egocéntrica y vanidosa que jamás creí poseer?, ¿quién era yo para sentir lástima por alguien?.
Un caballo blanco, su furia y su fuerza, muchos caballos blancos en tropel, me había dejado llevar... bajé del vagón con prisa, y tomé las escaleras eléctricas después de pasar por la mirada y el escrutinio de los hombres solitarios en aquél anden del metro constituyentes. Suspiré cuando finalmente alcancé la eterna escalera eléctrica que me conduciría a la superficie, sentía una opresión en el pecho y de pronto, frente a mí, la carcajada fugaz de esa puerta, misteriosa, solitaria, muerta, con un número dos naranja pintado en la superficie y ninguna otra cosa que decir al que la viera.
Ese día me sumergía más que nunca en mis pensamientos, además tenía menos de una semana para crear un concepto nuevo para un programa de televisión, donde los caballos, siempre los caballos, serían las estrellas. Pensé que mis problemas no eran ni la mitad de agobiantes que los del hombre aquel, que con su mirada furiosa no dejaba de reclamar el hecho de que lo ignorara. Sentí lástima, pero también sentí pavor, debo reconocerlo, por suerte la estación donde debía bajar era la siguiente.
Fue cuando realmente entendí la soberbia que me había poseído tiempo atrás, ¿quién era yo para creer que podía cambiar la historia?, ¿quién demonios me creía para pensar que los caballos me habían mandado un mensaje que nadie más deseaba escuchar?. Y ¿qué tal si esa posición mesiánica no me salía de la parte más egocéntrica y vanidosa que jamás creí poseer?, ¿quién era yo para sentir lástima por alguien?.
Un caballo blanco, su furia y su fuerza, muchos caballos blancos en tropel, me había dejado llevar... bajé del vagón con prisa, y tomé las escaleras eléctricas después de pasar por la mirada y el escrutinio de los hombres solitarios en aquél anden del metro constituyentes. Suspiré cuando finalmente alcancé la eterna escalera eléctrica que me conduciría a la superficie, sentía una opresión en el pecho y de pronto, frente a mí, la carcajada fugaz de esa puerta, misteriosa, solitaria, muerta, con un número dos naranja pintado en la superficie y ninguna otra cosa que decir al que la viera.

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