
Al “jefe”, le empezó a ir mejor en el trabajo, de acomodador de autos , paso a ser el encargado de todos los vehículos que adquiría la empresa, de ahí a gerente de mensajería y “zas” que cuando nos dimos cuenta el “canijo” ya había arribado a rollos administrativos. Todo gracias a que un director se enteró que mi progenitor tenía la ingeniería trunca, la cual había abandonado por el llorón, cagón, que venía en camino, es decir: yo. Así que le dio oportunidades nuevas al que con orgullo llamo: Padre.
Con dichos cambios los ingresos en la casa mejoraron, y finalmente llegó lo que todo chamaco puberto y “wannabe” desea: movilidad social, arribismo pues. El inconveniente fue mudarse a la carretera a Puebla por asuntos de traslado, una casa “duplex” cuyo sueño se volvió realidad cuando se amplio a “dos pisos”, entre comillas porque la verdad es piso y un cuarto, je. Las carteras llenas, el corazón contento (guiño, guiño) trajeron a mi vida nuevas cosas, mis padres pagaron la membresía a gigantesco club campestre que se ubicaba en la carretera a Cuautla. Y de pronto de nuevo “zas” y re contra “zas”, mi padre era ya gerente bancario con todas las comodidades que eso implica, tomamos maletas, volvemos a la ciudad, pensé, y un balde de agua fría: “No”, a la ciudad de nuevo, nunca.
(Suspiro) Acongojado y apachurrado no me quedó otra que “apechugar” y aventarme excursiones largas de escuela a casa, desde secundaria hasta universidad, según mi padre era para no hacer otro gasto fuerte y enfocar los ingresos a los estudios, mi hermana nueva y no se que más. Ni modo ya veré como me va, pensaba. El error de los trayectos largos, no fue la escacés de nalgas a largo plazo si no todas las “pendejadas” en las que uno piensa cuando ya el sueño no te tumba y el movimiento de los autobuses te impide leer una página más de aquellos libros que de extraña procedencia llegaban a mis manos de parte de amigos de mis padres, familiares y vecinos.
El error más grande de las distancias largas es que el camino se vuelve un arduo enfrentamiento contra todos aquellos monstruos y preguntas que dejabas impresas en papel de estraza, o entre los cuadernos cuadriculados en las hojas finales, esas de hasta atrás, porque qué otra cosa hacer cuando no hay libro que te distraiga, y no hay otra actividad más que estar sentado en un vagón de metro durante casi dos horas diarias para llegar de tu escuela al hogar. Pues qué más: miras tu reflejo en la ventana y te largas, te vas, lo peor del caso es que a veces cantas.
Tu mi complemento
mi media naranja
yo te quiero
sin cruzar palabras
si esto no es un sueño
eres mi otra mitad.
Y así, casi siempre, así y por el estilo, pop de los noventas, simple, que utilizaba para que se callaran esas voces lejanas, sobre todo aquella que esa noche hizo su aparición temprana y me “jodió” la vida, tanto que ahora podría estar platicando con mis compañeros de oficina, sobre fútbol, la novela o la boda perfecta, en lugar de estar redactando esto, exorcizando viejos fantasmas, esculpiendo la escultura de mi existencia. Esa voz que un día en una nocturna cualquiera, noche de posadas, de soledad y carencia a los 16 años me susurró: ¿Quién soy?.
Cada pequeño evento en mi existencia se volvía una compleja trama, porque tenía dos horas diarias para darle vueltas al asunto una y otra vez, que si el antro, que si la novia, que si el síndrome Jack Mcphee regresa, se va y regresa, que se va y que se regresa, que si Dios me puso el pie esta mañana y me hizo tropezarme enfrente de toda la escuela, que si el grano de la frente es un castigo divino por hacerme la “puñeta”. Mil y un “pendejadas” que uno tiene que enfrentar en las distancias largas. Y de pronto ya ni leer, ni releer La Historia Interminable, me quitaba esas marañas de la cabeza, por eso mejor cantaba.
Hasta mañana corazón
adiós
hasta mañana
hasta mañana corazón
adiós
hasta mañana
en los árboles del parque
en la pared de la escalera
en los muros de la calle
y la pizarra de la escuela
siempre con la letra grande
con spray color frambuesa
para que lo lea el aire
y que de una vez lo sepan
quienes te mandan mensajes
quienes te telefonean
y las chicas que te miran de reojo en la banqueta
eres mío y nadie nadie puede acercarse siquiera
sin que salte con las uñas
como saltan las panteras
Con dichos cambios los ingresos en la casa mejoraron, y finalmente llegó lo que todo chamaco puberto y “wannabe” desea: movilidad social, arribismo pues. El inconveniente fue mudarse a la carretera a Puebla por asuntos de traslado, una casa “duplex” cuyo sueño se volvió realidad cuando se amplio a “dos pisos”, entre comillas porque la verdad es piso y un cuarto, je. Las carteras llenas, el corazón contento (guiño, guiño) trajeron a mi vida nuevas cosas, mis padres pagaron la membresía a gigantesco club campestre que se ubicaba en la carretera a Cuautla. Y de pronto de nuevo “zas” y re contra “zas”, mi padre era ya gerente bancario con todas las comodidades que eso implica, tomamos maletas, volvemos a la ciudad, pensé, y un balde de agua fría: “No”, a la ciudad de nuevo, nunca.
(Suspiro) Acongojado y apachurrado no me quedó otra que “apechugar” y aventarme excursiones largas de escuela a casa, desde secundaria hasta universidad, según mi padre era para no hacer otro gasto fuerte y enfocar los ingresos a los estudios, mi hermana nueva y no se que más. Ni modo ya veré como me va, pensaba. El error de los trayectos largos, no fue la escacés de nalgas a largo plazo si no todas las “pendejadas” en las que uno piensa cuando ya el sueño no te tumba y el movimiento de los autobuses te impide leer una página más de aquellos libros que de extraña procedencia llegaban a mis manos de parte de amigos de mis padres, familiares y vecinos.
El error más grande de las distancias largas es que el camino se vuelve un arduo enfrentamiento contra todos aquellos monstruos y preguntas que dejabas impresas en papel de estraza, o entre los cuadernos cuadriculados en las hojas finales, esas de hasta atrás, porque qué otra cosa hacer cuando no hay libro que te distraiga, y no hay otra actividad más que estar sentado en un vagón de metro durante casi dos horas diarias para llegar de tu escuela al hogar. Pues qué más: miras tu reflejo en la ventana y te largas, te vas, lo peor del caso es que a veces cantas.
Tu mi complemento
mi media naranja
yo te quiero
sin cruzar palabras
si esto no es un sueño
eres mi otra mitad.
Y así, casi siempre, así y por el estilo, pop de los noventas, simple, que utilizaba para que se callaran esas voces lejanas, sobre todo aquella que esa noche hizo su aparición temprana y me “jodió” la vida, tanto que ahora podría estar platicando con mis compañeros de oficina, sobre fútbol, la novela o la boda perfecta, en lugar de estar redactando esto, exorcizando viejos fantasmas, esculpiendo la escultura de mi existencia. Esa voz que un día en una nocturna cualquiera, noche de posadas, de soledad y carencia a los 16 años me susurró: ¿Quién soy?.
Cada pequeño evento en mi existencia se volvía una compleja trama, porque tenía dos horas diarias para darle vueltas al asunto una y otra vez, que si el antro, que si la novia, que si el síndrome Jack Mcphee regresa, se va y regresa, que se va y que se regresa, que si Dios me puso el pie esta mañana y me hizo tropezarme enfrente de toda la escuela, que si el grano de la frente es un castigo divino por hacerme la “puñeta”. Mil y un “pendejadas” que uno tiene que enfrentar en las distancias largas. Y de pronto ya ni leer, ni releer La Historia Interminable, me quitaba esas marañas de la cabeza, por eso mejor cantaba.
Hasta mañana corazón
adiós
hasta mañana
hasta mañana corazón
adiós
hasta mañana
en los árboles del parque
en la pared de la escalera
en los muros de la calle
y la pizarra de la escuela
siempre con la letra grande
con spray color frambuesa
para que lo lea el aire
y que de una vez lo sepan
quienes te mandan mensajes
quienes te telefonean
y las chicas que te miran de reojo en la banqueta
eres mío y nadie nadie puede acercarse siquiera
sin que salte con las uñas
como saltan las panteras
Y a veces servía, pero a veces era peor, porque sabía que esas canciones eran de “putos” y saberla de memoria no me hacía sentir mejor. Y me complicaba más el rollo, mucho más porque si no esta bien cuando uno la canta al aire sin ton ni son, ahora qué pasa cuando un “wannabe” después de algunos años encuentra a aquel a quién en sueños siempre le dedicó la canción entera. (Suspiro) Se complica la historia cuando uno canta esas “joterías” pensando en alguien que va en la misma escuela de varones, se sienta detrás de él en las clases y sin esperarlo se ha convertido en su nuevo mejor amigo. “Zas” y archirrequeterrecontra “zas.” (Continuará...).
Obra: Galán
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