
La luz del sol diurno se cuela por la ventana y su brillo ciega los ojos, la cabeza explota, cada ruido, por ligero que parezca, taladra los oídos y alborota las neuronas, alrededor aún se puede sentir el calor, el sudor pegajoso que sale por los poros del cuerpo, colillas de cigarrillo, botellas vacías, dos pipas con hierva quemada y varios frascos ámbar sobre el buró, la garganta seca, el cuerpo adolorido y cuatro figuras masculinas en la misma cama. Sediento se abandona el nicho y se hace un recuento de lo que sucedió desde las cinco de la madrugada, por cierto, ya son más de las cuatro de la tarde y apremia componerse. Con la migraña de vuelta hay que recuperar postura y enfrentar el nuevo día, a lo lejos, en una ciudad extraña. En otra ciudad, la más grande del mundo, los días se han ido rápido, dejándome contaminar y convencer de lo que Schopenhauer alguna vez afirmó: “el arte nos ayuda a convertir el dolor en conocimiento”, no es que algo duela en este momento simplemente la fortuna, la casualidad pues, han traído a un hombre especial a mi vida, lo bautizo como mi “niño grande” cuando lo menciono en el café nocturno con mi mejor amiga. Al día siguiente recibo su visita, entrenándome y enfrentándome una y otra vez a una de las arias mas imponentes de Madame Butterfly, explicándome la métrica, ayudándome a hacer míos esos sonidos que le agitaron tanto el corazón hace pocos días, lo despido con el alma tranquila y mientras bromeó en el “messenger” con un nuevo conocido, puedo sentir el vibrar esperanzador de una promesa: sólo cosas hermosas quedan al final de esta etapa, y lo mejor es que las promesas estan próximas a desparecer de mi existencia, hay dolor, talvez del cuerpo, que me preocupa y tendrá que ocuparme en días próximos, pero sin más, entre el trabajo y la agitada rutina sólo me queda el lejano murmullo: Un bel dì, vedremo... levarsi un fil di fumo... dall'estremo confin del mare... E poi la nave appare… La luz de aquellas lámparas multicolor se cuela por la pupilas dilatadas y su brillo engatusa los ojos, la pastilla explota, cada ruido, enciende los oídos y hay un seudo-orgasmo que alborota las hormonas, al rededor se siente el calor y el sudor deslizándose por el cuerpo, botellas de agua medio llenas medio vacías, frascos ámbar recorriendo el lugar de mano en mano, la garganta seca, el cuerpo excitado y varias figuras masculinas en el mismo antro. No necesito hacer recuentos, ya son mas de las tres de la mañana, hay que recuperar postura y enfrentar el nuevo día, en ésta, mi ciudad, a veces tan extraña.
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