
Un corte en el vientre para limpiar el honor, eso es el Harakiri, pero el suicidio puede ser Kanshi, puede ser, Funshi, o Jumonji Giri, el primero el más común. Originalmente reservado a los samuráis, en el Harakiri, como ya se ha mencionado, la persona hace limpieza con un solo corte horizontal que le desgarre las entrañas, frente a varios testigos y después de cenar su comida predilecta, tomar sake y componer un jisei no ku o poema de la muerte. Ante la derrota, o cualquier acto que ocasionara la deshonra, este rito era la respuesta certera para al final morir gloriosamente. La ocasión es adecuada para reflexionar al respecto, no sólo por enfrentarnos y tener de referencia el desenlace de Madame Butterfly, joya operística apreciada en el Auditorio Nacional, cuya música, historia e imponente montaje entremezclan elementos de culturas orientales, es adecuado reflexionar porque el rito está por empezar y los elementos están todos dispuestos: varios kaishaku, amigos, individuos seleccionados para cortar la cabeza en caso de que el dolor de la navaja sea insoportable al rebanar la piel y el estómago; la bebida predilecta en vasos de cristal opaco, no hay sake asi que será vodka y jugo de arándano que se saborea en la compañía nueva de personajes del futuro y del pasado. La mente nublada no me permite hilar ideas, por lo que de jisei no ku se toma prestado un poema de Jaime Sabines. Los testigos están todos convocados, la reunión por el cumpleaños de una gran amiga será el pretexto para que admiren mi ritual. La afilada navaja es ese beso a través del cual unos labios desconocidos me comparten del humo que se inhaló de aquella pipa morada, no llega al vientre pero si corta mis pulmones y las neuronas de mi cabeza. Caen dos gotas rojas sobre la alfombra del lugar, el vino representa la sangre que al escurrirse sobre el cuello limpia, limpia y todos observan como muero. “Mala Copa” lo llaman, yo prefiero verlo como un suicidio, un suicidio para limpiar el honor y despertar al día siguiente a su lado, bello, acicalado, sin culpas, sin fantasmas, todo ello para ser de nuevo digno, digno de enamorarme otra vez, digno de recuperar a mis amigos, de disfrutar esta existencia, digno de ese amor que me profesa, sana, me cura y me recupera, digno de él y de las nuevas historias ahora en puerta. (...) La noche se acerca y veo llegar su sombra amenazante, me olfatea y se mete entre mis sábanas, empieza por la punta del pie y se va apoderando de mis ideas, me arrebata mis fantasías, lejos muy lejos, y de intercambio me entrega mi realidad con todo lo que eso conlleva, incluyendo la angustia. De pronto me abraza y clava sus garras en mi cabeza, no podré dormir, pienso, y el insomnio hace su entrada triunfal de nuevo a mi existencia y el motivo, esta vez, no es uno cualquiera.
1 comentario:
Tu seppuku ya tenías un rato practicándolo, pero esa fue la noche en que lo llevaste a cabo de manera ritual.
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