
Antes una pequeña historia: El “esnob” de paso aquél, tenía un rito hace diez años casi sagrado: todas las noches a partir de las nueve o diez, en canal cuatro de televisión abierta se transmitía la serie adolescente creada por Kevin Williamson y denominada Dawson’s Creek, donde encontramos el mismo movimiento neurótico que lo educó para recibir a bien el mensaje vacío de la película producida por Drew Barrymore, el esnob de paso no se perdía dicha emisión y religiosmante grababa en VHS cada episodio para disfutralos después una y otra vez. Los velos neuróticos se han arraigado más allá de una simple racionalización, de pronto surgen y le dan vuelta a la realidad, hay que disecarlos para entender de donde vienen y de donde le llegan a uno, es evidente que el medio donde nos movemos esta saturado por manifestaciones del “arte light”, como una novela barata, una canción ochentera, un eslogan publicitario, una comedia romántica o una serie para adolescentes, si no se encuentra educado el sentimiento, se puede creer que dichos productos están diseñados para hacer de los que lo vieran humanos virtuosos o más “felices”, pueden parecer perfectos, con tremendas bellezas en pantalla y una historia que nos hace “sentir” y nos angustia, nos provoca catarsis, pero entre tanto arte diseñado para mejorar a la humanidad, éste tiene el efecto contrario, porque es una mentira, es un hilo más con el que se cose el velo que al “esnob” mantiene ignorante. La semana termina y el “esnob” puede dudar al hablar con su roomie de la decisión que ha tomado para los futuros días pero no hay marcha atrás, no se rinde ante la oferta nueva, si se queda como está nunca podrá quitarse la venda y el efecto será contrario, talvez termine por ignorar a Kierkegaard y nunca obtenga las respuestas que necesitaba para llegar a la recta final, en total y simple paz. Hoy el “esnob” piensa que la prueba para ver como evolucionan estos velos neuróticos es la relación en pareja, y en general la relaciones, ahí nos encontramos irremediablemente con todo ese cúmulo de vacío que como en el film mediocre del episodio anterior, provoca que de manera desesperada arremetamos en contra de las personas que más estimamos, por la simple confianza en que perdonarán todas nuestras fallas, el músico, mis amigos, todas esas aventuras de paso, talvez un día lejano entiendan que la mala fama de vengativo y duro, el “escorpión”, que es el signo zodiacal del “esnob” del que hablo, se la gana en su necesidad pulsional de vomitar, de vez en cuando, esos regalos envenenados que lleva dentro. Necesita expulsarlos para limpiar su corazón amoroso de los viejos rencores oxidados. Confirma Luz María Sarriá, poeta peruana, que es el escorpión un signo auténtico y visceral al que la adulación no le llega pero es también el signo más exigente y autoexigente, el juez más terrible al que sólo la compasión da descanso. Y este es su problema mal leído, su velo neurótico más arraigado. Ahora si seguimos la teoría de que el cielo bajo el cual nos regimos, es distinto al que los babilonios observaron por lo que el zodiaco que fue instituido hace cinco mil años se mueve a razón de una vuelta cada veinticinco mil años, dando como resultado que las doce constelaciones estén desfasadas, puede ser un muy buen chiste, que el “esnob” descubra un día que la etiqueta de “escorpión” era también un manto diseñado, bajo el cual se encuentra un virgo, un virgo más bien disfrazado, al final del día y como bien dijera la persona que ahora está a mi lado, la última conclusión es, so pesar de cualquier velo neurótico: "soy artífice de mi propio destino".
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