Cuando el mar nos cayó encima, mi corcel rojo intentó por primera vez volar, tenía las alas pero no sabia como usarlas, así que no llegó lejos, un delfín lo revolcó a su paso y el pobre caballo colorado se fue a esconder en un peñasco, desde ahí pudo ver el palacio al cual nos dirigíamos, pero cuando intento encontrar a su amo, cuando finalmente decidió buscarme, ya el agua me había sacado de su vista. Una pared azul, muy azul era lo único que alcanzaba a ver, sentía el fresco aire y el calor del sol, pero no podía ver más, sólo ese caótico muro azul.
El tercer deseo fue cuando interrumpió la melodía, él estaba excitado y lejos aventó el arpa, esta cayó en una oscuridad de la cual no volvería nunca, la luz que nos rodeaba incrementó su intensidad. Mi mirada muerta era lo que más le alteraba, pero en consecuencia fue lo que lo convenció de lo que tenía preparado para el acto final. Su rostro tenía gotas de sangre salpicadas que contrastaban con las hojas de oro que cubrían su piel, que ahora también cubrían la mía. Con el ceño fruncido, llena de cólera la mirada, fue eufórico a “besuquear” los pies, las manos, los hombros, el pecho, el rostro, las axilas, estaba fuera de control, una bestia salvaje de cuerpo atlético y perfecto que no aguantó más y en un movimiento me hizo uno con él, atravesó la carne para tocar más allá, así de esta forma y sólo de esta forma, hacerme su igual, y de esta forma y sólo de esta forma entregarme el obsequio de la eternidad.

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