
No
puedo gritar, no me nace tan fácil, me siento caer en un hoyo de cinismo que se
potencializa al mirar la incongruencia a mi alrededor, al ser yo el que le da
sentido a esos estímulos, entendemos “ergo” que toda esa desesperanza es la
oscuridad que se acumula en lo más profundo de mi alma. Pero a pesar de que el
viento suene sólo a drama y todo parezca nefasto hay varios cimientos que
mantienen mi estructura en pie y enorme. Esta semana con su puente patrio y sus
festejos tricolores, la concluyo cenando con mis tres mejores amigos en la
vida: hermanito amigo desde la secundaria, hermanita mejor amiga de la
universidad y hermanito actual “roomie” arquitecto (y mi familia los últimos
dos años). Así es más sencillo pedirle éxito a los inciertos días que se
acercan, realizando un pacto con las tres personas que me recuerdan lo valioso
de mi existencia, que aunque cada vez distantes en caminos, fondo y forma, en “la amistad de la que hablo (la nuestra) se mezclan (las almas) y
confunden una con otra en una unión tan universal, que borra la sutura que las
ha unido para no volverla encontrar”.
Clausura cursi, después de los debates
respecto a gritar hoy: “Viva México”, con todo lo que implica y es que no puedo
gritar, no me nace tan fácil, pero una fuerza enorme que se llama amistad, con
sus imperfecciones, sus fallas y sus bajas me lo permiten por instantes, y
poniéndose más cursi, el momento de tenerlo cerca, de tomar su mano de
acariciar su piel, de fundirnos en un solo cuerpo, es en ese momento que
escucho salir de mi boca el grito, que ya es un canto porque también es bello y
es bello porque es más humano, natural y honesto.
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