
Las palpitaciones aumentaron en un segundo, percibí el tierno murmullo de la canción de las sirenas que me invitaba a atravesar la hoja de la puerta, esa puerta, muerta. No sabia que llevarme en el viaje, mi mochila pesaba, no estorbaba. La puerta muerta ahora inmensa me cobijaba todo, y un relincho en la oscuridad luminosa me dijo en un instante: toma tu diario, deja las promesas, no creas nada de lo que veas y vacía tu mochila de objetos punzo cortantes, lo mismo el cuerpo, y en ese instante sentí como me arrancaron la lengua y de mi oído un caballo azul se formaba de la cerilla y uno rojo nació de la sangre que brotaba de mi boca ahora muda, como la puerta, ahora muerta.
El caballero negro me dio la bienvenida, sus alas tornasol, su pico negro. “Ya han muerto todos los caballos”, me dijo, entra si crees que tus acompañantes pueden aguantar el paso. Yo los miré, ambos potrillos bañados en placenta, aprendiendo a dar sus primeros pasos, el caballo azul tenia un cuerno en la frente, me recordó los sueños de la infancia, el rojo tenia un par de alas, y sentí de golpe la fe y la esperanza depositadas en ellas. Sonreí con ternura, los dos me miraron a los ojos y dieron sus primeros pasos, me sentí seguro. El cuervo asintió con la cabeza: “Sígueme, Poseidón nos espera.”
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