Ya viene la conclusión de la parábola del hijo pródigo, volver a casa después de dos años en el que a punta chingadazos, cogidas, dramones y charlas largas, entendí quién soy y que “chingaos” quiero en la vida, de la vida y de mi vida. El proceso de septiembre va muy bien, ha aparecido oportunamente mi sustituto para la renta del departamento y ya todos nos hemos hecho a la idea, mis padres, mis amigos, mi wey, yo. La cuestión es que ha punta de “chingadazos” me he dado cuenta que hace mucho inició un proyecto bien fuerte de vida, de formación, de realización y de sentido, si bien el rollo puede sonar tan influenciado por Martha Debayle, debo admitir que esta semana ha sido un inmenso “corchete de alegría” donde disfruto de esos mails hermosos que envía mi wey a mi correo, disfruto escribir, leer, diseñar, producir y charlar con quien se deje y con quién se pueda. Todo para llegar agotado a un excelente fin de semana y al acto final de esta temporada 25 de mi existencia.

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